P. Pablo Trollano IVE
Santo Tomás de Aquino fue un enamorado del misterio de la Encarnación del Verbo: “No hay nada más grande que Dios hecho hombre” (S.Th., III, q. 1, a. 1, sc), escribía en su inmortal Summa. El único teólogo en la historia de la Iglesia en ser recomendado explícitamente por nombre por el Papa y los Obispos del mundo reunidos en un Sacro Sínodo, el Concilio Vaticano II, fue un verdadero contemplativo del Verbo Encarnado: “Quien diligente y piadosamente considere los misterios de la Encarnación, hallará tan grande profundidad de sabiduría en ellos que excede el conocimiento humano, según aquello del Apóstol: ‘Lo necio de Dios es más sabio que los hombres’. De ahí que, a quien los considera piadosamente, se le manifiesten siempre más y más razones admirables de este misterio” (S.C.G. IV, 54).
Santo Tomás, cantor de los misterios divinos –Trinidad, Encarnación y Eucaristía–, reserva en todo su corpus la expresión “milagro de los milagros” únicamente para el misterio de la Encarnación: “la encarnación del Verbo es el milagro de los milagros, como dicen los santos, porque es mayor que todos los milagros, y todos los demás están ordenados a éste milagro” (Q. D. De Potentia, q. 6, a. 2, ad 9). El mismo Santo enseña que la palabra “milagro” toma su etimología de admirarse y maravillarse (mirari), reacción propia del hombre que contempla sobrecogido el misterio divino, “como la bienaventurada Virgen, quien dijo: ‘Porque ha hecho en mí cosas admirables’, es decir, el máximo milagro de los milagros (miraculum miraculorum maximum): que en su seno Dios se hizo hombre, y que dio a luz Virgen” (Sermo Beatus vir, pars 2; cf. Super Sent., IV, d. 11, q. 1, a. 3, qa. 3).
El milagro de los milagros, el misterio de los misterios, excede en sí mismo cuanto la mente humana, aún iluminada por la fe, puede alcanzar a contemplar. ¡Cuánto más nos maravillaremos al considerar su relación con nosotros y los bienes sobrenaturales que por él hemos recibido!: “Antes de la encarnación del Verbo, las mentes humanas eran incapaces de contemplar en sí misma la luz divina… Por eso, para que pudiéramos verla y contemplarla más fácilmente, se cubrió con la nube de nuestra carne… haciendo de su propia carne un colirio saludable” (Super Ioannem, cap. 1, lec. 8).
“El Verbo se hizo carne”. Al asumir íntegramente nuestra naturaleza humana, hizo de su propia carne la manifestación del gran misterio de la piedad: “Si el Verbo hubiera asumido un alma humana, por ser semejante a Él, habría sido ya un gran misterio de piedad; pero asumir también la carne, tan alejada de la simplicidad de su naturaleza, fue signo de una mucho mayor, más aún, inestimable piedad, según dice el Apóstol en 1 Tim 3,16: ‘y manifiestamente grande es el misterio de la piedad, que se manifestó en carne’” (Super Ioannem, cap. 1, lec. 7).
Por su unión personal con el Verbo, la humanidad sacratísima de Cristo es para nosotros “instrumento de la divinidad”, modelo y camino que nos conduce a Dios. Esta verdad constituye una de las claves de lectura de la gran Summa y permite comprender la arquitectura teológica concebida por el Aquinate: “Primero, trataremos de Dios; en segundo lugar, del movimiento de la creatura racional hacia Dios; y en tercer lugar, de Cristo, quien en cuanto hombre es para nosotros el camino por el que tendemos a Dios” (S.Th., I, q. 2, prólogo). También al inicio del Compendio de Teología dice: “la humanidad de Cristo es el camino por el cual se llega a la divinidad. Por tanto, mientras estamos en camino, es necesario conocer el camino por el cual podemos llegar al fin: en la patria la acción de gracias a Dios no sería suficiente si no conocieran el camino por el cual fueron salvados” (Compendio I, 2). Por el misterio de la Encarnación, la humanidad del Verbo se convirtió en medio y vía para ir a Dios. El Verbo Encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, une en sí al Cielo y la tierra, a Dios con los hombres, en el corazón del misterio de Redención.
Los grandes Santos, frutos eximios de la Encarnación, han expresado de diversos modos esta misma verdad, como San Agustín quien decía “per Christum hominem ad Christum Deum” (In Ioann., tract. 13, n. 4), o Santa Teresa de Jesús, quien escribía: “Veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita” (Libro de la Vida, 22, 5-6; cf. Moradas, sexta morada, cap. 7, 5-6). Concluye la Santa con una advertencia: “Nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles en la tierra… es desatino” (Vida, 22, 10).
Es lo que ya había expresado tan sabiamente el de Aquino en sus dos grandes Sumas: “La condición del hombre requería que Dios instruyera al hombre acerca de sí mismo de manera sensible. Lo que se realizó por la encarnación” (S.C.G., IV, 55). “A causa de la debilidad de la mente humana es que, así como necesita ser llevada de la mano al conocimiento de lo divino, así también al amor, por medio de cosas sensibles que nos son conocidas. Entre ellas, la principal es la humanidad de Cristo, según lo que se dice en el prefacio: ‘para que, conociendo a Dios visiblemente, nos lleve al amor de lo invisible’ (Prefacio 1 de Navidad, San León Magno). Y por eso, las cosas que pertenecen a la humanidad de Cristo, a modo de cierto asidero, suscitan en sumo grado la devoción” (S.Th., II-II, q. 82, a. 3, ad 2). La humanidad del Verbo es el fuego que inflama la devoción, el lazarillo que nos lleva de la mano hacia el amor divino.
Así como el Verbo descendió trayendo el Cielo a la tierra y la eternidad al tiempo, así también ascendió a la Bienaventuranza eterna con su naturaleza humana asumida, elevando con esto nuestra esperanza de que un día podamos también nosotros participar del gozo eterno de Dios en nuestra humanidad, pues por la Encarnación del Verbo se hace creíble la dicha de la gloria: “La encarnación de Dios fue una ayuda sumamente eficaz para el hombre que tiende hacia la bienaventuranza… Podría parecerle a alguien que el hombre nunca podría alcanzar este estado… a causa de la inmensa distancia entre ambas naturalezas; y así el hombre se desalentaría en la búsqueda de la bienaventuranza, retenido por la desesperación… fue, por tanto, sumamente conveniente que Dios asumiera la naturaleza humana para elevar la esperanza del hombre hacia la bienaventuranza. De ahí que, después de la encarnación de Cristo, los hombres comenzaran a aspirar más a la bienaventuranza celestial, conforme a lo que Él mismo dice en Jn 10,10: ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’” (S.C.G. IV, 54).
Y así como la humanidad del Verbo, unida hipostáticamente a la Persona divina del Hijo, recibe nuestra adoración en la tierra, así también será objeto de gozo y deleite en la gloria eterna del cielo: “Pertenecen propiamente a la fe aquellas realidades de cuya visión gozaremos en la vida eterna y aquellas por las cuales somos conducidos a la vida eterna. Ahora bien, allí se nos propondrán dos cosas para contemplar: el misterio oculto de la divinidad, cuya visión nos hace bienaventurados, y el misterio de la humanidad de Cristo, por quien tenemos acceso a ‘la gloria de los hijos de Dios’, como se dice en Rom 5,2” (S.Th., II-II, q. 1, a. 8).
Santo Tomás recurre a una imagen de singular belleza: la humanidad del Verbo es el velo que nos abre el acceso al Santo de los Santos, donde se oculta el misterio de la divinidad: “Así como el sacerdote entraba en el Santo de los Santos a través del velo, del mismo modo, si queremos entrar en el santuario de la gloria, es necesario entrar por la carne de Cristo, que fue el velo de la divinidad. Is 45,15: ‘Verdaderamente tú eres un Dios escondido’. Pues no basta la fe en la divinidad, si no se añade la fe en la Encarnación” (In Heb., cap. 10, lect. 2).
Pidámosle a Santo Tomás la gracia de enamorarnos, como él, del Verbo Encarnado, pues no hay nada más grande que el misterio del Verbo hecho carne, milagro de los milagros. Pidámosle la gracia de ser llevados de la mano por medio de la humanidad sacratísima del Verbo al amor de las cosas divinas. Que su encarnación encienda en nosotros la esperanza de la vida eterna, a la cual llegaremos a través del velo de su carne, para gozar eternamente de su compañía.
Y que nada nos detenga en este camino, porque ¿quién podrá apartarnos del amor al Verbo Encarnado? ¿La persecución? ¿La desolación? ¿Las dificultades y cruces? ¿La calumnia? ¿La oposición? En todo esto vencemos por Aquel que nos ha amado y ha dado su vida por nosotros.
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