CAPÍTULO XXXV: La felicidad suprema no está en el ejercicio de la prudencia

CAPÍTULO XXXV

La felicidad suprema no está en el ejercicio de la prudencia

Otra consecuencia clara es que la suprema felicidad humana tampoco está en el ejercicio de la prudencia.

El acto de la prudencia versa exclusivamente sobre lo propio de las virtudes morales. Así, pues, si en el ejercicio de las virtudes morales no consiste la suprema felicidad humana, tampoco consistirá en el ejercicio de la prudencia.

La suprema felicidad del hombre está en su mejor operación; y la mejor operación del hombre considerado como tal, es la que se ordena objetos perfectísimos. Mas el ejercicio de la prudencia no versa sobre los perfectísimos objetos del entendimiento o de la razón, ni tampoco sobre las realizaciones necesarias, sino sólo sobre las contingentes. Luego no está en su ejercicio la suprema felicidad humana.

Lo que se ordena a otro como a un fin no es la suprema felicidad del hombre. Ahora bien, el ejercicio de la prudencia se ordena a otro como a un fin, bien porque todo conocimiento práctico, bajo el cual está la prudencia, se ordena a la operación, bien porque la prudencia, como dice Aristóteles en el VI de los “Éticos”, hace que el hombre obre ordenadamente en la elección de medios para el fin. Por lo tanto, la suprema felicidad humana no está en el ejercicio de la prudencia.

Los animales irracionales nada participan de la felicidad, como lo prueba Aristóteles en el I de los “Éticos”. Y, sin embargo, algunos de ellos participan algo de la prudencia, como lo demuestra también él en el I de la “Metafísica”. Luego la felicidad no consiste en el ejercicio de la prudencia.

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