CAPÍTULO XXIX: Del error de los maniqueos acerca de la encarnación

CAPÍTULO XXIX

Del error de los maniqueos acerca de la encarnación

Hubo también algunos que, negando la verdad de la encarnación, enseñaron cierta imitación ficticia de la misma. Pues dijeron los maniqueos que el Hijo de Dios había asumido un cuerpo, no verdadero, sino aparente. Por lo cual no pudo ser verdadero hombre, sino sólo aparente; ni tampoco fue verdadero, sino sólo ficticio, lo que hizo en cuanto hombre, como nacer, comer, beber, andar, padecer y ser sepultado. Por donde vemos que reducen totalmente el misterio de la encarnación a cierta ficción.

Pero esta opinión anula, en primer lugar, la autoridad de la Escritura, porque, como quiera que la apariencia de carne no es carne ni la apariencia de andar es andar, etc., miente la Escritura al decir: “El Verbo se hizo carne”, si fue solamente en realidad carne ficticia. Y miente también al decir que Jesucristo anduvo, comió, murió y fue sepultado, si todo esto ocurrió solamente en apariencia imaginaria. Mas, por poco que se derogue la autoridad de la Santa Escritura, perece toda la firmeza de nuestra fe, que se funda en las Sagradas Escrituras, según aquello: “Y estas cosas fueron escritas para que creáis”.

Sin embargo, alguien puede decir que no carece de verdad la Sagrada Escritura cuando narra lo ficticio como real, porque las semejanzas de las cosas se nombran equívoca y figuradamente con los nombres de las mismas cosas, como, por ejemplo, un hombre pintado es llamado equívocamente hombre; y la Sagrada Escritura suele usar ese modo de hablar, como cuando dice: “Y la roca era Cristo”. Y vemos también que en ella se atribuyen a Dios muchas cosas corporales sólo en razón de alguna semejanza, como cuando se le llama cordero, león o algo parecido.

No obstante, aunque las semejanzas de las cosas toman a veces equívocamente los nombres de las mismas, no es propio de la Sagrada Escritura el proponer bajo tal equívoco toda la narración de un hecho, de suerte que no pueda verse claramente la verdad por otros lugares de la Escritura, pues de ello no se seguiría la instrucción, sino el engaño de los hombres; siendo así que dice el Apóstol: “Todo cuanto está escrito, se escribió para nuestra enseñanza”; y “Toda Escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para argüir”. Además, toda la narración evangélica sería ficticia y fabulosa si contara como reales las semejanzas aparentes de las cosas, cuando precisamente leemos: “Porque no fue siguiendo artificiosas fábulas como os dimos a conocer el poder de nuestro Señor Jesucristo”.

Si la Escritura narra alguna vez algo que no tuvo existencia real, sino sólo aparente, por el mismo estilo de la narración lo da a entender. Por ejemplo, dice: “Y alzando los ojos –Abrahán- se le manifestaron tres varones”, lo cual indica que fueron varones aparentes. Por eso en ellos adoró a Dios y confesó la divinidad, diciendo: “He comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza”; y más adelante: “Lejos eco de ti, el juez de la tierra toda”. -Y no es causa de error alguno el que Isaías, Ezequiel y otros profetas hayan descrito cosas que sólo vieron imaginariamente, puesto que las emplean como descripción profética y no como narración histórica. Y, con todo, siempre añaden algo que muestra la apariencia, por ejemplo: “Vi al. Señor sentado”; “El Señor puso su mano sobre mí”; “Tendió como una mano y me cogió y en visión divina me llevó a Jerusalén”.

Tampoco es causa de error el que en las Escrituras se diga algo de las cosas divinas por solas semejanzas, ya porque las semejanzas se toman de cosas tan viles, de modo que se ve que se dicen según semejanza y no según la existencia real; ya porque en las Escrituras hallamos otras cosas dichas propiamente por las que se manifiesta expresamente la verdad que en otros lugares se oculta bajo semejanzas. Pero esto no hace a nuestro propósito, porque ningún texto de la Escritura excluye la verdad de lo que leemos acerca de la humanidad de Cristo.

Mas quizás diga alguien que esto se da a entender por lo que dice el Apóstol: “Enviando Dios a su propio Hijo en carne semejante a la del pecado”; o por aquello: “Haciéndose semejante a los hombres y en la condición de hombre”. -Pero no cabe tal sentido por lo que se dice a continuación. Pues no dice solamente “en semejanza de carne”, sino que añade “de pecado”; porque Cristo tuvo ciertamente verdadera carne, más no carne de pecado, puesto que en Él no lo hubo; pero sí “semejante a la carne de pecado”, porque tuvo carne pasible, cual es la carne del hombre a causa del pecado. -Igualmente, tampoco cabe un sentido ficticio en aquello que dice: “haciéndose semejante a los hombres”, al decir “tomando la forma de siervo”. Porque es evidente que usa “forma” en lugar de naturaleza, y no en sentido de semejanza, por lo que había dicho: “Quien, existiendo en la forma de Dios”, donde se pone “forma” en vez de naturaleza; parque no suponen que Cristo hubiera sido Dios por sola semejanza. Se rechaza también el sentido ficticio por lo que añade: “hecho obediente hasta la muerte”. -Por tanto, no se toma semejanza por la semejanza de apariencia, sino por la natural semejanza de especie; tal como se dice que todos los hombres son semejantes en especie.

Y aún más expresamente rechaza la Sagrada Escritura toda sospecha de apariencia. Porque se dice que, “viéndole ellos andar sobre el mar, se turbaron y decían: Es un fantasma. Y de miedo comenzaron a gritar”. Y acto seguido desvaneció el Señor su sospecha, por lo que se añade: “Pero al instante les habló, diciendo: Tened confianza; soy yo; no temáis”. -Puesto que no parece razonable que, o bien haya ocultado a los discípulos que sólo había asumido un cuerpo aparente, siendo así que los había elegido para que dieran testimonio de la verdad “por lo que habían visto y oído”; o bien, si no se lo ocultó, el creer que se hallaban ante un fantasma no les hubiera entonces causado temor.

Y más expresamente todavía alejó el Señor de la mente de los discípulos la sospecha de un cuerpo aparente después de la resurrección. Parque se dice que los discípulos, “aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu” -es decir cuando vieron a Jesús-. Y Él les dijo: “¿Por qué os turbáis y por qué suben a vuestro corazón esos pensamientos? Ved mis manos y mis pies, que yo soy. Palpadme y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo”. Y en vano se hubiera dejado palpar si sólo hubiese tenido un cuerpo aparente.

Además, los apóstoles se presentan a sí mismo como testigos idóneos de Cristo, porque dice San Pedro: “A éste -es decir, a Jesús-, Dios le resucitó al tercer día y le dio manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros, que comimos y bebimos con Él, después de resucitado de entre los muertos”. Y el apóstol San Juan, al principio de su epístola, dice: “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, tocando al Verbo de vida…, os lo anunciamos a vosotros”. Ahora bien, no puede tomarse eficaz testimonio de verdad de aquello que no existió en realidad, sino sólo en apariencia. Por lo tanto, si el cuerpo de Cristo fue aparente, y no comió ni bebió, ni fue visto, ni palpado verdaderamente, sino sólo aparentemente, resulta que no es idóneo el testimonio que de Cristo dan los apóstoles. Y así, “vana es su predicación, vana nuestra fe”, como dice San Pablo.

Si Cristo no tuvo cuerpo verdadero, tampoco murió en realidad, ni tampoco resucitó. En consecuencia, los apóstoles son falsos testigos de Cristo al predicar al mundo que ha resucitado. Por lo que allí mismo dice el Apóstol: “Seremos falsos testigos de Dios, porque contra Dios testificamos que ha resucitado a Cristo, a quien no resucitó”.

Además, la falsedad no es buen camino para la verdad, según aquello: “¿De la mentira puede salir la verdad?” Ahora bien, la venida de Cristo al mundo fue para manifestar la verdad, ya que El mismo dice: “Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Luego en Cristo no hubo ninguna falsedad. Sin embargo, la habría si las cosas que se predican de Él hubieran sido sólo aparentes, puesto que “llamamos falso lo que no es como parece ser”. Por lo tanto, todo lo que se dice de Cristo existió realmente.

En la Epístola a los Romanos se dice también que “somos justificados ahora por su sangre”; y en el Apocalipsis: “Con tu sangre nos has comprado para Dios”. Si, pues, no tuvo sangre verdadera, tampoco la derramó por nosotros. Luego no fuimos en realidad justificados ni redimidos. Así, pues, de nada sirve estar con Cristo.

Además, si la venida de Cristo al mundo no se ha de entender sino como fantasía, nada nuevo ocurrió con su venida; pues también en el Antiguo Testamento se apareció Dios a Moisés y a los profetas bajo múltiples figuras, según lo atestigua la misma Escritura del Nuevo Testamento. Mas esto desvirtúa toda la doctrina del Nuevo Testamento. En consecuencia, el Hijo de Dios asumió un cuerpo no aparente, sino verdadero.

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