CAPÍTULO XXI: Las cosas tienden por naturaleza a asemejarse a Dios, en cuanto que es causa

CAPÍTULO XXI

Las cosas tienden por naturaleza a asemejarse a Dios, en cuanto que es causa

Una conclusión clara de lo anterior es que las cosas pretenden asemejarse a Dios incluso en el hecho de ser causas de otros seres.

Un ser creado tiende a asemejarse a Dios por su propia operación. Y, como por la operación propia se convierte en causa de otro, síguese que pretende asemejarse a Dios, incluso en ser causa de otros.

Las cosas tienden a la semejanza divina porque Dios es bueno, según dijimos (c. prec.). Y Dios, precisamente por ser bueno, prodiga el ser a los demás, pues cada cual obra en cuanto que es actualmente perfecto. Luego las cosas, en común, desean ser causas de otras para asemejarse a Dios.

La ordenación al bien es ya un bien, como consta por lo dicho (ib.). Ahora bien, una cosa cualquiera se ordena al bien por el simple hecho de ser causa de otra. Porque, al causar, sólo se intenta de por sí el bien, ya que el mal siempre es causado accidentalmente, según demostramos (c. 10). Por lo tanto, ser causa de otro es un bien. Pero, cuando uno tiende a un bien cualquiera, pretende asemejarse a Dios, porque todo bien creado es una participación de la bondad divina. Luego las cosas creadas, por el hecho de ser causas de otras, pretenden asemejarse a Dios.

Por una misma razón tiende el efecto a la semejanza del agente y éste a asemejarse el efecto, porque todo efecto se dirige al fin intentado por el agente. Ahora bien, el agente intenta asemejarse el paciente no sólo respecto al ser, sino también respecto al causar. Pues así como el agente da a su efecto natural los principios por los que existe, así se los da para que sea causa de otros; por ejemplo, al ser engendrado el animal, recibe del generante la virtud para nutrirse y la virtud para engendrar. Luego el efecto tiende a asemejarse al agente no sólo en cuanto a su especie, sino también en cuanto a ser causa de otros. Sin embargo, así como el efecto tiende a asemejarse al agente, así también tienden las cosas a asemejarse a Dios, según demostramos (c. 19). En consecuencia, las cosas pretenden naturalmente asemejarse a Dios por el hecho de ser causas de otras.

Un ser llega a su máxima perfección cuando es capaz de hacer otro semejante a él: luce perfectamente lo que es capaz de iluminar otras cosas. Pero todo aquel que tiende a su perfección, tiende simultáneamente a asemejarse a Dios. Luego quien pretende ser causa de otros tiende a asemejarse a Dios.

Y como la causa, en cuanto tal, es superior a lo causado, resulta evidente que el intento de asemejarse a Dios, siendo causa de otros, es peculiar de los entes superiores.

Para que una cosa pueda ser causa de otra se requiere previamente que sea perfecta en sí misma. Luego la perfección de poder ser causa de otros es lo último que sobreviene a la cosa. Si, pues, una cosa creada tiende por muchos medios a la semejanza divina, deberá buscar en último lugar, para asemejarse a Dios, el ser causa de otras. Por eso dice Dionisio, en el c. 3 de “La celeste jerarquía”, que “do más excelente es ser cooperadores de Dios”, y en conformidad con el dicho del Apóstol en la primera a los de Corinto: “Somos cooperadores de Dios”.

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