CAPÍTULO XLI: La distinción de las cosas no depende de la contrariedad de los agentes

CAPÍTULO XLI

La distinción de las cosas no depende de la contrariedad de los agentes

Por lo dicho se puede demostrar también que la causa de la distinción de las cosas no es la diversidad, como tampoco la contrariedad de los agentes. En efecto:

Si los diversos agentes de los que procede la diversidad de las cosas están ordenados mutuamente, debe haber alguna causa única de este orden, porque no se unen muchas cosas sino por algo que es uno. Y así, lo que ordena es la causa primera y única de la distinción de las cosas. Pero, si los agentes diversos no están mutuamente ordenados, cooperarán sólo accidentalmente a la producción de la diversidad de las cosas. Y, en consecuencia, la distinción de las cosas será casual, contra lo que se ha probado más arriba (c. 39).

De diversas causas no ordenadas no proceden efectos ordenados, a no ser quizás accidentalmente. Pues las causas diversas, en cuanto tales, no hacen la unidad. Pero encontramos que las cosas distintas están ordenadas mutuamente y no casualmente, al ayudarse muchas veces unas a otras. Luego es imposible que la distinción de las cosas así ordenadas provenga de la diversidad de agentes no ordenados.

Nada de lo que tiene causa de su distinción puede ser causa primera de la distinción de las cosas. Es así que, tomados en igual sentido muchos agentes, es necesario que tengan causa de su distinción, pues tienen causa de su ser, por depender todo ser de un ser primero y único, según se demostró antes (c. 15); y, por otra parte, la causa del ser de una cosa es la misma que la distingue de las demás, como ya se ha probado (c. 40). Por tanto, la diversidad de agentes no puede ser la causa primera de la distinción de las cosas.

Si la diversidad de las cosas procediese de la diversidad o contrariedad de agentes, esto parece cumplirse principalmente -cosa que muchos afirman- en la contrariedad entre el bien y el mal; de tal manera que todos los bienes procedan de un principio bueno, y los males de uno malo, pues el bien se encuentra en todas las categorías. Mas no puede haber un principio de todos los males, porque, reduciéndose lo que es por otro a lo que es por sí, necesariamente el primer principio activo de los males habrá de ser malo por sí; y llamamos “por sí” a algo que es tal por su esencia. Por consiguiente, su esencia no será buena. Ahora bien, esto es imposible, porque todo lo que existe, en cuanto es ser, necesariamente es bueno, pues cada uno ama su ser y desea conservarse en él -y la señal es que cada cual lucha contra su desintegración-, y “el bien es lo que todos apetecen”. Luego la distinción de las cosas no puede proceder de dos principios contrarios, de los cuales uno sea bueno y otro malo.

Todo agente obra en cuanto está en acto. Pero en la medida en que una cosa está en acto es perfecta, y todo lo perfecto, en cuanto tal, dijimos que era bueno. Luego todo agente, en cuanto tal, es bueno. Si, pues, hay algo malo por sí, no podrá ser agente, y, por otra parte, si es primer principio de los males, debe ser por sí malo, según se ha demostrado. Luego es imposible que la distinción de las cosas proceda de dos principios, uno bueno y otro malo.

Si todo ser, en cuanto tal, es bueno, lo malo, en cuanto tal, es, por tanto, no‑ser. Pero al no‑ser, en cuanto tal, no se le puede asignar causa agente, puesto que todo agente obra en cuanto es ser en acto, y cada cosa obra lo semejante a sí. Por tanto, al mal, en cuanto tal, no se le puede asignar una causa por sí agente. En consecuencia, no se pueden reducir los males a una causa primera que sea causa por sí de todos los males.

Lo que resulta al margen de la intención del agente no tiene causa por sí, sino que ocurre accidentalmente; como si uno encuentra un tesoro cuando cava para plantar. Pero el mal no puede provenir en un efecto cualquiera si no es al margen de la intención del agente, por tender todo agente al bien, pues “el bien es lo que todas las cosas apetecen”. Luego el mal no tiene causa por sí, sino que acontece accidentalmente en les efectos de las causas. Por tanto, no se ha de admitir un principio primero de todos los males.

Las acciones de agentes contrarios son contrarias. Luego no se ha de pensar que tengan principios contrarios aquellas cosas que son producidas por una acción. Pero el bien y el mal se producen con una misma acción, pues por la misma acción se corrompe el agua y se engendra el aire. Luego la diferencia que se encuentra en las cosas por razón del bien y del mal no es suficiente para asignarlas principios contrarios.

Lo que en absoluto no existe, no es ni bueno ni malo. Mas lo que existe, en cuanto existe, es bueno, según se ha probado. Luego algo es malo en cuanto es no‑ser. Pero esto es un ser con privación. Por tanto, lo malo, en cuanto tal, es un ser con privación, y el mal mismo es la privación tal. Ahora bien, la privación no tiene agente propio, porque todo agente obra en cuanto tiene forma; y así, es necesario que el efecto propio del agente tenga forma, puesto que el agente hace lo semejante a sí, a no ser accidentalmente. Queda, en conclusión, que el mal no tiene causa agente propia, sino que acontece accidentalmente en los efectos de las causas que obran por sí.

En consecuencia, no hay un principio primero y propio de los males, sino que el primer principio de todo es un principio primero bueno, a cuyos efectos sigue el mal accidentalmente.

De aquí que se diga en Isaías: “Yo (soy) el Señor, y no hay otro Dios; he hecho la luz y he creado las tinieblas, doy la paz y creo el mal. Soy yo el Señor que hace todo esto”. Y en el Eclesiástico: “Los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza y la riqueza vienen del Señor”. Y allí mismo: “Enfrente del mal está el bien; así enfrente del justo el pecador. Considera de este modo todas las cosas del Altísimo, de dos en dos, una enfrente de otra”.

Se dice que Dios “hace” o “crea los males”, en cuanto crea aquello que de suyo es bueno, pero que es nocivo a otros; así como el lobo, aunque en su especie sea un bien de la naturaleza, sin embargo, es malo para la oveja; y de manera semejante, el fuego para el agua, en cuanto es su corruptor. Y del mismo modo es causa de los males humanos llamados penas. De donde se dice en Amós: “¿Habrá mal en la ciudad que no haya hecho Dios?” Y esto mismo dice Gregorio: “Aun los males, que por su naturaleza no subsisten, son creados por el Señor; pero se dice que crea los males cuando transforma en azote las cosas creadas buenas en sí, al obrar nosotros mal”.

Con esto se excluye también el error de los que admitían primeros principios contrarios. Error que comenzó primeramente en Empédocles, pues estableció dos primeros principios agentes, la “amistad” y la “lucha”, siendo la lucha da causa de la corrupción. De donde parece, como dice Aristóteles en el libro I de los “Metafísicos”, que fue el primero que estableció el bien y el mal como principios contrarios.

También puso Pitágoras dos primeros principios, bueno y malo; mas no como principios agentes, sino como principios formales; pues decía que estos dos eran los géneros bajo los que estaba comprendido todo lo demás, al decir del Filósofo en el libro I de los “Metafísicos”.

Mas estos errores de los filósofos más antiguos, que ya han sido suficientemente descartados por filósofos posteriores, ciertos hombres de perversa idea tuvieron la osadía de atribuírselos a la teología cristiana. El primero de los cuales fue Marción, del que tomaron nombre los marcionitas, el cual, al amparo del cristianismo, fundó una herejía, y supuso dos principios contrarios entre sí; a éste siguieron los cerdonianos, y después los marcianistas, y, por último, los maniqueos, que difundieron mucho este error.

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