CAPÍTULO LXXXVI: De la cualidad de los cuerpos glorificados

CAPÍTULO LXXXVI

De la cualidad de los cuerpos glorificados

Aunque por el mérito de Cristo se quite en la resurrección lo defectuoso de la naturaleza que es común a todos, tanto buenos como malos, sin embargo, entre buenos y malos permanecerá una diferencia fundada en lo que pertenece personalmente a cada cual. Pero al concepto de naturaleza pertenece que el alma humana sea forma del cuerpo, a quien vivifique y conserve en el ser; mas el alma merece por sus actos personales ser elevada a la gloria de la visión de Dios o ser excluida de la ordenación a tal gloria por la culpa. En consecuencia, todo cuerpo se dispondrá comúnmente conforme al decoro del alma, a saber: para que la forma incorruptible dé al cuerpo el ser incorruptible, no obstante la composición de contrarios, por Tazón de que la materia del cuerpo humano estará sujeta totalmente al alma humana en esto por divina virtud. Mas, por la claridad del alma elevada a la visión de Dios, el cuerpo unido a ella alcanzará algo más. Pues estará totalmente sujeto a ella, por efecto de la virtud divina, no sólo en cuanto al ser, sino también en cuanto a las acciones y pasiones, movimientos y cualidades corpóreas. Por lo tanto, así como al disfrutar el alma de la visión divina se llenará de cierta claridad espiritual, así también, por cierta redundancia del alma en el cuerpo, se revestirá éste a su manera de la “claridad” de la gloria. Por eso dice el Apóstol: “Se siembra el cuerpo en ignominia y resucitará con gloria”; porque nuestro cuerpo, que ahora es opaco, entonces será transparente, según el dicho de San Mateo: “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”.

Además, el alma que disfrutará de la visión divina, unida a su último fin, experimentará el cumplimiento total de su deseo en todo. Y como el cuerpo se mueve al deseo del alma, resultará que el cuerpo obedecerá absolutamente a la indicación del espíritu. Por eso los cuerpos que tendrán los bienaventurados resucitados serán “ágiles”. Y esto es lo que dice el Apóstol en el mismo lugar: “Se siembra en flaqueza y se resucita en poder”. Pues experimentamos la flaqueza corporal, porque el cuerpo se siente incapaz de responder a los deseos del alma en las acciones y movimientos que le impera; flaqueza que entonces desaparecerá totalmente por la virtud que redunda en el cuerpo de estar el alma unida a Dios. Por eso, en la Sabiduría, se dice también de los justos que “discurrirán como centellas en cañaveral”, no porque tengan que moverse necesariamente, puesto que, teniendo a Dios, de nada carecen, sino para demostrar su poder.

Así como el alma que disfruta de Dios tendrá el deseo completo en cuanto a la adquisición de todo bien, así también lo tendrá en cuanto a la remoción de todo mal, porque donde está el sumo bien no cabe mal alguno. Luego también el cuerpo, perfeccionado por el alma y en proporción con ella, será inmune de todo mal, no sólo actual, sino incluso posible. Del actual, porque en ambos ni habrá corrupción, ni deformidad, ni defecto alguno. Del posible, porque nada podrán sufrir que les moleste. Y por esto serán “impasibles”. Pero esta impasibilidad no excluirá en ellos las pasiones esencialmente sensibles, porque usarán de los sentidos para gozar de aquello que no repugna al estado de incorrupción. Y para demostrar dicha impasibilidad dice el Apóstol: “Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción”.

Por otra parte, el alma que disfruta de Dios se unirá perfectísimamente a Él y participará de su bondad en grado sumo conforme a su propia medida; y de igual modo, pues, el cuerpo se sujetará perfectamente al alma, participando de sus propiedades en cuanto es posible, en claridad de sentidos, ordenación del apetito corporal y “en todo género de perfección natural”; pues tanto más perfecta es una cosa en la naturaleza cuanto su materia se sujeta más perfectamente a la forma. Y por esto dice el Apóstol: “Se siembra un cuerpo animal y resucita un cuerpo espiritual”. El cuerpo del resucitado será ciertamente espiritual, no porque sea espíritu, como mal entendieron algunos, ya se tome por espíritu la substancia espiritual o bien el aire o el viento; sino porque estará totalmente sujeto al espíritu, tal como ahora decimos cuerpo animal, no porque sea alma, sino porque está sujeto a las pasiones animales y necesita alimentos.

Se ve, pues, por lo dicho que, así como el alma humana será elevada a la gloria de los espíritus celestes para que vea la esencia de Dios, según se demostró en el libro tercero (c. 57), así también su cuerpo será elevado a las propiedades de los cuerpos celestes, en cuanto que será transparente, impasible, móvil sin dificultad ni trabajo e incomparablemente perfecto en su forma. Y ésta es la razón por la que el Apóstol dice que los cuerpos de los resucitados son “celestes”, no en cuanto a su naturaleza, sino en cuanto a su gloria. Por eso, cuando dijo que “hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres”, añade que “una es la gloria de los celestes y otra la de los terrestres”. Y así como la gloria a la que es elevada el alma humana excede la capacidad natural de los espíritus celestes, como se demostró en el libro tercero (c. 53), igualmente, la gloria de los cuerpos de los resucitados excede la natural perfección de los cuerpos celestes, para que la claridad sea mayor, la impasibilidad más consistente, la agilidad más fácil y la dignidad de naturaleza más perfecta.

Si encuentras un error, por favor selecciona el texto y pulsa Shift + Enter o haz click aquí para informarnos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.