CAPÍTULO LXXXI: De la ordenación de los hombres entre sí y con respecto a las otras cosas

CAPÍTULO LXXXI

De la ordenación de los hombres entre sí y con respecto a las otras cosas

Las almas humanas ocupan el último lugar entre las demás substancias espirituales, porque, según dijimos (c. prec.), en el principio mismo de su creación reciben solamente un conocimiento general del orden de la divina providencia; y para que el alma tenga un conocimiento perfecto del orden en cuanto a lo singular, es necesario que parta de las cosas mismas, en las cuales ya está establecido particularmente dicho orden providencial. De ahí la necesidad de que contase con órganos corporales mediante los cuales pudiese obtener el conocimiento de las cosas. Sin embargo, dada la debilidad de su luz intelectual, las almas humanas no pueden alcanzar de las cosas un conocimiento perfecto de cuanto se refiere al hombre si no son ayudadas por los espíritus superiores, porque es exigencia de la providencia divina que, los espíritus inferiores adquieran su perfección por los superiores, según se demostró (c. 79). No obstante, como el hombre tiene una participación de la luz intelectual, le están sometidos, conforme al orden de la divina providencia, los animales brutos, que carecen en absoluto de entendimiento. Por eso se dice en el Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza -es decir, como dotado de entendimiento-, y presida a los peces del mar, a los volátiles del cielo y a las bestias de la tierra”.

Por otra parte, los animales brutos, aunque carezcan de entendimiento, como tienen cierto conocimiento, están colocados, según el orden de la providencia divina, sobre las plantas y los otros seres que carecen en absoluto de él. Por eso se dice en el Génesis: “Ahí os doy cuantas hierbas de semilla hay sobre la haz de la tierra toda y cuantos árboles producen fruto de simiente, para que os sirvan de alimento, y todos los animales de la tierra”.

Sin embargo, entre los seres que carecen en absoluto de conocimiento, uno está sujeto al otro según que uno es más poderoso que el otro en el obrar, ya que nada participan de la disposición de la providencia, sino sólo de la ejecución.

Mas como el hombre tiene entendimiento y sentido y fuerza corporal, todas estas cosas están organizadas alternativamente en él según el orden de la divina providencia, imitando el orden que existe en el universo. Porque la fuerza corporal se somete a la sensitiva y a la intelectiva como ejecutora de sus órdenes, y la potencia sensitiva a la intelectiva, bajo cuyo imperio está.

En esta misma razón se funda el orden existente entre los hombres. Pues los que destacan por su entendimiento dominan naturalmente, mientras que los menguados de entendimiento, pero robustos de cuerpo, parecen naturalmente destinados a servir, como dice Aristóteles en su “Política”. Con lo cual está también de acuerdo la sentencia de Salomón, quien dice: “El que es necio, servirá al sabio”. Y en el Éxodo se dice: “Toma de entre el pueblo hombres sabios y temerosos de Dios, que juzguen al pueblo en todo tiempo”.

Y así como en las obras de un solo hombre proviene el desorden de que el entendimiento cede a la potencia sensual -y la potencia sensual, por indisposición del cuerpo, es arrastrada por el movimiento corporal, como se ve en quienes cojean-, del mismo modo, en el gobierno humano proviene el desorden de que alguien preside no por la superioridad de su inteligencia, sino porque usurpa el dominio por la fuerza física, o también porque alguien es puesto a mandar por motivos pasionales. Desorden, en efecto, que no calla Salomón quien dice: “Y vi que hay un mal bajo el sol, como si brotara por error de la mente del soberano: el necio puesto en el cargo más elevado”. Sin embargo, tal desorden no está al margen de la divina providencia, pues proviene, por permisión de Dios, del defecto de los agentes inferiores, al igual que otros males de los que ya hablamos (c. 71). Además, por este desorden no se trastorna totalmente el orden natural, puesto que el dominio de los necios es débil si no se robustece con el consejo de los sabios. Por eso se dice en los Proverbios: “Las ocurrencias se fortalecerán con los consejos y las guerras se han de tratar con los consejeros de gobierno”; y más adelante: “El varón sabio es fuerte, y el varón docto es capaz y poderoso, porque inicia la guerra con disposición. Y donde abunde el consejo habrá bienestar”. Y, como quien aconseja rige al aconsejado y en cierto modo le domina, se dice en los Proverbios que “el siervo sabio dominará a los hijos necios”.

Luego es evidente que la divina providencia impone orden a todas las cosas, para que así se verifique lo que dice el Apóstol: “Las cosas que proceden de Dios están ordenadas”.

Si encuentras un error, por favor selecciona el texto y pulsa Shift + Enter o haz click aquí para informarnos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.