CAPÍTULO CXLVII: El hombre necesita el auxilio divino para conseguir la bienaventuranza

CAPÍTULO CXLVII

El hombre necesita el auxilio divino para conseguir la bienaventuranza

Como por lo dicho anteriormente (c. 112) se ve que la divina providencia gobierna a las criaturas racionales de distinta manera que a las otras cosas, en atención a que por su naturaleza son diferentes de las demás, queda por demostrar que, por dignidad del fin, a divina providencia les aplica también un género más elevado de gobierno.

Pues consta que, en conformidad con su naturaleza, llegan a una participación mayor del fin. Porque, siendo de naturaleza intelectual, pueden alcanzar con su operación la verdad inteligible; lo cual no compete a los seres que carecen de entendimiento. Y así, puesto que por la operación natural llegan a la verdad inteligible, es evidente que Dios las provee de distinta manera que a las otras cosas. Pues al hombre le fueron dados el entendimiento y la razón para que con ellos pudiera discernir e investigar la verdad. Y se le dieron también las potencias sensitivas internas y externas, que le ayudan a investigarla; y el uso del lenguaje, mediante el cual uno puede manifestar a otro la verdad concebida en su entendimiento, para que de este modo se ayuden los hombres mutuamente en el conocimiento de la verdad y en las demás cosas necesarias para la vida, ya que el hombre es “un animal naturalmente social”.

Pero, además, el fin último del hombre consiste en cierto conocimiento de la verdad que excede su poder natural, o sea, en ver a la misma Verdad primera en sí, según antes se demostró (c. 50). Mas el poder alcanzar un fin que supere la capacidad natural no compete a las criaturas inferiores. Luego es necesario que, en relación a este fin, se establezca la distinta manera de gobernar a los hombres y a las demás criaturas inferiores. Ahora bien, lo que se ordena al fin ha de ser proporcionado con él. Luego, si el hombre se ordena a un fin que excede su capacidad natural, necesita recibir de Dios algún auxilio sobrenatural por el que tienda a dicho fin.

Un ser de naturaleza inferior no puede ser elevado a lo que es propio de una naturaleza superior si no es en virtud de ésta. Por ejemplo, la luna, que no luce por sí misma, se hace lúcida por la virtud, y acción del sol; y el agua, que no calienta por sí misma, se hace cálida por la virtud y acción del fuego. Mas el ver a la Verdad primera en sí misma sobrepasa de tal modo la capacidad de la naturaleza humana, que sólo es propio de Dios, según se demostró (c. 52). Por tanto, el hombre necesita el auxilio divino para llegar a dicho fin.

Cada cosa alcanza el fin último mediante su operación. Mas la operación recibe su virtud del principio operante. Por ejemplo, mediante la acción del semen se engendra algo en una especie determinada, cuya virtud preexiste en el semen. En consecuencia, el hombre no puede llegar mediante su operación al fin último, que supera la capacidad de las potencias naturales, a no ser que su operación reciba de la virtud divina la eficacia de conducir a dicho fin.

Ningún instrumento puede llegar a la perfección última en virtud de su propia forma, sino sólo en virtud del agente principal, aunque por propia virtud pueda disponer de algún modo a la última perfección. Por ejemplo, el cortar la madera procede de la sierra en razón de su propia forma, pero la figura de escaño procede del arte, que se sirve del instrumento; análogamente, la disolución y la corrupción en el cuerpo del animal proceden del calor del fuego, pero la generación de la carne, la determinación del aumento y otras cosas por el estilo proceden del alma vegetativa, que se sirve del calor del fuego como de un instrumento. Ahora bien, todos los entendimientos y todas las voluntades se clasifican bajo Dios -que es el primer entendimiento y la primera voluntad-, como instrumentos bajo el agente principal. Luego es preciso que sus operaciones no tengan eficacia en orden a la perfección última, que es la consecución de a bienaventuranza final, si no es por virtud divina. En consecuencia, la naturaleza racional necesita el auxilio divino para conseguir el último fin.

Al hombre se le presentan muchos impedimentos para alcanzar el fin. Pues se ve impedido por la debilidad de la razón, que fácilmente cae en el error, por el cual se desvía del camino recto para llegar al fin. Se ve también impedido por las pasiones de la parte sensitiva y por los afectos, que le arrastran a las cosas sensibles e inferiores; y mientras más pegado está a éstas, tanto más dista del último fin, ya que dichas cosas están por debajo del hombre, mientras que el fin del hombre es superior a él. Y a menudo se ve también impedido por la debilidad del cuerpo para ejecutar actos virtuosos, mediante los cuales se tiende a la bienaventuranza. Por consiguiente, el hombre necesita del auxilio divino para que estos impedimentos no le aparten totalmente del último fin.

Por esto se dice en San Juan: “Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le trae.” Y: “Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo si no permaneciere en la vid, tampoco vosotros si no permaneciereis en mí.”

Con esto se refuta el error de los pelagianos, quienes dijeron que el hombre podía merecer la gloria de Dios por silo su libre albedrío.

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