CAPÍTULO 10: Ayudas para guardar la continencia

CAPÍTULO 10

Ayudas para guardar la continencia

El camino de la continencia es un recorrido arduo. Según la palabra del Señor, no lo ‘entienden’ todos, sino aquellos a quienes es concedido por don de Dios. Quienes emprenden este camino han de ser cuidadosos en evitar todo lo que pueda serles impedimento en la marcha. La continencia tropieza con tres impedimentos: el primero, por parte del cuerpo; el segundo, por parte del alma; el tercero, por parte de otras personas o de las cosas exteriores.

El cuerpo pone impedimento, porque, como dice el Apóstol, la carne tiene apetencias contrarias a las del espíritu (Gál 5,17). Como allí mismo se dice, las obras de la carne son fornicación, impureza, lascivia y cosas de este género. Esta concupiscencia de la carne es la ley acerca de la cual dice el Apóstol: Experimento en mis miembros otra ley que se contrapone a la ley de mi mente (Rom 7,23). Esta concupiscencia se hace tanto más fuerte cuanto mayor es la atención prestada a lo corporal, sea con alimentación abundante, sea con deliciosas comodidades. Por lo cual Jerónimo dice: El vientre acalorado con vino pronto arroja espuma de lujuria. En Prov 20,1 se lee: El vino es cosa que arrastra a la lujuria. De Behemot, en quien está expresado el diablo, se dice: Su morada, en lugares húmedos; duerme a la sombra oculto bajo la hoja (Job 40,16). Gregorio expone el pasaje, diciendo: Lugares húmedos son las obras voluptuosas. En tierra seca el pie no resbala; pero si uno quiere fijarlo en la resbaladiza, con dificultad se sostiene. Caminan por lugares húmedos durante la vida presente quienes aquí no son capaces de permanecer en la rectitud de la justicia.

Por consiguiente, quienes se comprometen a seguir la senda de la continencia, deben refrenar su cuerpo, negándole los deleites, practicando, en cambio, vigilias, ayunos y cosas semejantes. Nos ofrece un ejemplo el Apóstol, cuando dice: Quienes compiten en la carrera, se privan de todo (1 Cor 9,25). Y un poco después añade: Castigo mi cuerpo y lo someto a servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, resulte yo descalificado (v.27). Enseñó de palabra lo que había cumplido con sus obras. Después de haber dicho no vivamos en amancebamiento y libertinaje, añade: Y no os deis a la carne para satisfacer sus concupiscencias (Rom 13,13-14). Con razón dice «concupiscencias», o sea lo que es voluptuosidad, porque en cuanto a las necesidades naturales, lo corporal ha de ser atendido. Lo dice también el Apóstol: Nadie aborrece su propia carne, sino que la alimenta y la cuida (Ef 5,29).

Por parte del alma, el propósito de continencia encuentra impedimento cuando alguien se detiene en pensamientos lascivos. Por lo cual el Señor, a través del profeta, dice: Apartad de mis ojos vuestros perversos pensamientos (Is 1,16). Frecuentemente, los malos pensamientos inducen a obrar mal. Por lo cual está escrito: ¡Ay de vosotros que tenéis pensamientos inútiles! Y añade, de inmediato: Y obráis el mal a escondidas (Miq 2,1).

Entre los malos pensamientos, los más fuertes para inclinar al mal son los que se refieren a placeres carnales. Los filósofos mismos dan de ello dos razones. Ese placer es connatural y desde la juventud recibe su alimento, de modo que fácilmente el afecto lo busca, cuando el pensamiento lo propone. De acuerdo con esto, el Filósofo dice que no es fácil hacer juicio sobre el placer sin haberlo experimentado. La otra razón consiste en que, como él mismo dice, lo deleitable en particular es más voluntario que en universal. Ahora bien, es evidente que un pensamiento moroso hace descender a lo particular y concreto; por lo cual un pensamiento prolongado provoca con suma intensidad la tendencia libidinosa. Éste es el motivo de que el Apóstol diga apartaos de la fornicación (1 Cor 6,18). La Glosa, a su vez, explica esta expresión, diciendo: Respecto a otros vicios, se puede confiar en el combate; pero de ésta [de la fornicación] huid y no os acerquéis, porque no hay otro modo mejor de vencerla.

Contra este impedimento de la continencia hay muchos remedios. El primero y principal es tener la mente ocupada en la contemplación de los misterios divinos y en la oración. Es el motivo indicado por el Apóstol, cuando dice: No os embriaguéis con vino que conduce a la lujuria. Llenaos, al contrario, del Espíritu Santo, hablando en vuestro propio interior con salmos, himnos y cánticos espirituales: lo cual pertenece a la contemplación. Cantando y salmodiando para el Señor en vuestro corazón (Ef 5,18-19): y esto pertenece a la oración. De aquí que el Señor diga a través del profeta: Por alabanza mía [en que te ocupas], te guiaré con freno, para que no perezcas (Is 48,9). La alabanza divina es como un freno que preserva al alma de la muerte del pecado.

El segundo remedio es el estudio de la Sagrada Escritura. Lo dice Jerónimo en carta al monje Rústico: Ama los estudios de Sagrada Escritura, y no amarás los vicios de la carne. Ya el Apóstol, después de haber dicho a Timoteo sé un modelo para los fieles en la palabra, en la conversación, en la caridad, en la fe, en la castidad, añade inmediatamente en espera de mi llegada, aplícate a la lectura (1 Tim 4,11-12).

El tercer remedio es tener el espíritu ocupado en cualquier clase de buenos pensamientos. Como dice el Crisóstomo, la resección de un miembro no es capaz de reprimir las tentaciones ni de dar la tranquilidad en la medida que se consigue poniendo freno al pensamiento. Por esta razón dice el Apóstol: Poned la atención en lo que hay de verdadero, de honesto, de justo, de santo, de virtuoso, de digno de alabanza. En eso es en lo que debéis pensar (Flp 4,8).

El cuarto remedio consiste en que el hombre, no dejándose llevar de la ociosidad, se ejercite en trabajos corporales. La ociosidad es maestra de muchas formas de maldad (Eclo 33,29). El ocio es incentivo principalmente de vicios carnales. Está escrito, efectivamente: De aquí nació la perversidad de tu hermana Sodoma; en ella tenía asiento la soberbia, la saciedad de pan, la abundancia, y el ocio en que vivía (Ez 16,49). Por lo cual Jerónimo, escribiendo al monje Rústico, y en el lugar ya citado, le dice: Haz algún trabajo, para que el diablo te encuentre siempre ocupado.

Un quinto remedio contra la concupiscencia de la carne consiste en hacer soportar algunos sufrimientos. En la misma carta citada, Jerónimo refiere que, en cierto cenobio, un adolescente, con ningún trabajo, por grande que fuese, podía apagar los ardores de la carne. Viéndolo en peligro, el padre del monasterio lo preservó con este procedimiento: Obligó a un varón maduro a que hiciese frente a aquel hombre con discusiones y acusaciones, y que, después de haberlo injuriado, fuese él mismo el primero en presentar quejas. Los que fuesen llamados como testigos habrían de hablar en favor de quien provocó el ultraje. Para que el hermano no quedase aplastado por el exceso de tristeza, sólo el padre del monasterio se les oponía y tomaba la defensa de él. Se pasó en esto un año. Transcurrido ese tiempo e interrogado el joven acerca de sus antiguos pensamientos, respondió: ¡Padre! No teniendo derecho a vivir, ¿voy a tener gusto en fornicar?

Las cosas exteriores que ocasionan impedimento al propósito de continencia son hechos como el fijar la mirada en mujeres, dialogar frecuentemente con ellas y mantener su trato. Está escrito: Por la belleza de la mujer muchos perecieron y a causa de esto la concupiscencia arde como fuego (Eclo 9,9) y luego añade: su conversación arde como el fuego. Contra esto hay que emplear el remedio de que allí mismo se habla: No mires a mujer antojadiza, no sea que sus lazos te aprisionen. No te acerques con frecuencia a la bailarina, ni la escuches, para que no perezcas bajo su poder. Más adelante, se añade: No te fijes en la belleza y no tomes asiento en medio de mujeres. De los vestidos sale la polilla; de la mujer, la perversidad del varón (Eclo 42,12-13). Por lo cual Jerónimo, escribiendo contra Vigilancio, dice: El monje, consciente de su debilidad y sabiendo que es vaso frágil, anda temeroso de ofender [a Dios], y de este modo evitar un tropiezo que lo haría caer y quebrarse. Por esto evita fijar la mirada en las mujeres, sobre todo en las jóvenes adolescentes, no ocurra que se apodere de él el ojo de una meretriz, o que una figura bellísima incite a ilícitos abrazos.

Por donde se ve que, como dice el abad Moisés en las Colaciones de los Padres, para conservar la pureza de corazón, hay que practicar la soledad y cobrar conciencia de que debemos acoger la escasez de una vida en ayuno, el poco dormir, los trabajos manuales, la pobreza en el vestir, la práctica de la lectura, junto con las demás virtudes; de modo que por medio de ellas lleguemos a liberar nuestro corazón de pasiones nocivas, a conservarlo libre, y subir hasta la perfección, escalando estos peldaños. Por este motivo, en las religiones están indicadas obras de esta naturaleza, no porque la perfección consista en ellas principalmente, sino porque vienen a ser como instrumentos mediante los cuales se llega a la perfección. Por lo cual un poquito más adelante de lo citado, se añade: Ayunos, vigilias, meditación de las Escrituras, vestido pobre y renuncia a todos los bienes, no son la perfección, sino instrumentos para la perfección. El fin del aprendizaje no está en esas cosas, pero mediante ellas se llega al fin.

Si alguien objeta que sin ayuno, sin vigilias y sin cosas semejantes se puede alcanzar la perfección, sobre todo teniendo en cuenta que el Hijo del hombre comía y bebía (Mt 11,19) y que sus discípulos no ayunaban, mientras ayunaban los de Juan y los fariseos: a esto da respuesta la Glosa diciendo: Juan no bebió vino ni alcohol, porque quien no tiene poder alguno sobre la naturaleza necesita abstinencia. Dios, en cambio, que podía perdonar pecados, ¿por qué debería apartarse de comer con los pecadores, cuando podía hacerlos más fuertes que los que ayunaban? Así, pues, los discípulos del Señor no tenían necesidad de ayuno, porque la presencia del esposo les daba una fortaleza superior a la que los discípulos de Juan y los fariseos conseguían mediante el ayuno. De acuerdo con esto el Señor dice allí mismo: Llegarán días en que el esposo les será arrebatado, y entonces ayunarán. El Crisóstomo, exponiendo esto, dice: El ayuno causa tristeza no de por sí, sino a quienes, en razón de su debilidad, están menos dispuestos; a quienes ponen su deseo en la contemplación de la sabiduría, se les hace deleitable. Dado que los discípulos eran débiles, no era tiempo de introducir cosas tristes, antes de que fuesen fortalecidos. Así queda demostrado que aquel comportamiento no obedecía a gula, sino a un designio de providencia.

La conveniencia de todo esto para evitar los pecados y alcanzar la perfección, la muestra expresamente el Apóstol, diciendo: En nada demos motivo de escándalo para que nuestro ministerio no sea desacreditado, sino que en todo nos mostremos como ministros de Dios con mucha paciencia, en necesidades, en apremios, en azotes, en tumultos, en fatigas, en desvelos, en ayunos, en castidad (2 Cor 6,3-5).

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Comments 1

  1. ESTA IMPRESIONANTE MENTE BUENA LA REFLEXIÓN DE SANTO TOMAS.
    REALMENTE REFLEXIONA DE MANERA TAN HUMANA PERO A LA VEZ DE MANERA TAN ELEVADA POR LA GRACIA DE DIOS
    QUE IMPRESIONA.

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